PERSPECTIVAS
14 SEPTIEMBRE 2022
Lacaton & Vassal. Arquitectura, estética y energía
El artículo propone un análisis crítico sobre la labor desarrollada por los arquitectos franceses Lacaton & Vassal, investigando el modo en que se han apropiado de una tipología tan particular como los invernaderos, adaptándola a diversas necesidades, sin abandonar su condición como elemento autónomo y funcionalmente coherente.
Precedentes
Si bien el objetivo de la presente investigación no es desarrollar un análisis histórico profundo respecto a los invernaderos, es necesario plantear un contexto preliminar que posibilite la posterior comprensión sobre cómo esta tipología arquitectónica se ha integrado al ámbito residencial durante los últimos años.
Los invernaderos modernos surgieron a finales del Siglo XVIII producto de la conjunción de dos circunstancias: la afición de la burguesía por las colecciones botánicas y el desarrollo de nuevos materiales constructivos por parte de la industria, como el hierro y el vidrio. Por tanto, entre 1800 y 1830, se dejaron de lado las antiguas orangeries para llevar a cabo construcciones de mayor tamaño y capacidad de almacenamiento.
La implementación del acero como elemento estructural más ligero supuso la conformación de espacios con grandes luces, mayor eficacia de montaje y menores costos; mientras que el vidrio como cerramiento exterior permitió el aprovechamiento de la luz solar para la creación de microclimas en su interior, haciendo posible la vida de aquellas especies que habían sido trasplantadas a un contexto totalmente diferente. A su vez, el aspecto más revolucionario de estas primeras construcciones fue la adopción de una forma inédita que no respondía a ningún estilo propio de la academia, sino a un objetivo meramente funcional: mejorar la capacidad energética del edificio para alcanzar un microclima particular e independiente del clima local.
Por tanto, desde un punto de vista termodinámico, la contundencia formal de los primeros invernaderos – caracterizados por el empleo de casquetes esféricos o cilíndricos con directrices circulares o elipsoidales – tenía por objetivo conseguir el máximo volumen de almacenamiento con la menor pérdida de calor a través de las envolventes; mientras que su completo acristalamiento y la inclinación de sus cubiertas se debía al conocimiento científico de que es factible calentar un espacio con mayor velocidad cuando el sol atraviesa perpendicularmente una superficie de vidrio. Estas características básicas, se advierten claramente en los tratados iniciales de Loudon del siglo XVIII, quien fue el primer gran impulsor de esta tipología, concluyendo que la forma de los invernaderos debía responder a cuestiones de geometría solar, disponiendo las superficies de vidrio de manera tal que reciban perpendicularmente los rayos del sol durante la mayor parte del año.
Durante el Siglo XIX, no sólo el tamaño de las colecciones botánicas se había incrementado, sino que los desarrollos tecnológicos y las dimensiones de los elementos constructivos disponibles comenzaron a ser mayores, acelerando las exploraciones tipológicas de estos modelos. Así, en pocos años, los invernaderos se transformaron en obras de grandes dimensiones, con estructuras ligeras y envolventes más flexibles. Si bien la geometría y las estructuras utilizadas respondían al propósito de aprovechar el máximo asoleamiento con las menores pérdidas de calor posible, no llegaban a ser autosuficientes y eran necesarios sistemas para calefaccionar y ventilar sus interiores.
Inicialmente, los invernaderos contaban con sistemas de producción y distribución de calor basados en redes de conductos bajo el suelo o en muros dobles; mas en el Siglo XVIII, se incorporaron las calefacciones mecanizadas basadas en circuitos de hierro dulce o plomo que conducían agua caliente o vapor, impulsados por bombas y controlados por termostatos que aseguraban un clima interno capaz de preservar especies aún en climas ajenos al autóctono.
En consecuencia, la expansión de esta tipología produjo la aparición de una vasta variedad de invernaderos, pudiendo diferenciarse entre: invernaderos fríos, invernaderos calentados solo en invierno, estufas donde la temperatura no debe superar los 30°C en verano y los 20°C en invierno, o invernaderos especiales para orquídeas (Prieto, E., 2017). Mientras que las necesidades de ventilación se resolvían a través de paramentos móviles y medios mecánicos como grandes ventiladores accionados por vapor.
Uno de los primeros invernaderos más reconocidos e influyentes fue el Great Stove en Chatsworth, construido por Joseph Paxton entre 1837 y 1840. El mismo consistió en un volumen de grandes dimensiones, con una nave central cubierta por una bóveda de cañón de cristal soportada por pilares esbeltos de hierro fundido, cuyos empujes horizontales fueron compensados por dos naves laterales a modo de bóvedas de menor dimensión y sección circular. Esta obra evidencia principios característicos del diseño solar complementados con una serie de recursos mecánicos: por un lado, la orientación norte-sur, el empleo de superficies cilíndricas con un coeficiente de forma favorable, y la utilización del diente de sierra en toda la superficie mejorando tanto la captación solar como la estabilidad y rigidez del conjunto; por otro lado, los volúmenes vidriados que descansan sobre un zócalo de mampostería que funciona como un núcleo técnico, albergando ventiladores y ocho calderas que calientan el edificio por medio de un sistema de tuberías empotradas en el suelo.
A su vez, el primer gran invernadero en Londres de estilo victoriano fue el Palm House de Kew, construido entre 1841 y 1849 por Richard Turner y Decimus Burton. La obra estaba compuesta por bóvedas cilíndricas, sendas semiesféricas y un remate con una cúpula de rincón de claustro. De este modo, la relación entre las superficies y el volumen reduce las pérdidas de calor; su forma y orientación garantizan el máximo asoleamiento; la curvatura de las superficies permite un buen escurrimiento del agua de lluvia, la cual era recogida y almacenada en depósitos para utilizarse en el riego; y el volumen acristalado descansa sobre un zócalo que albergaba el suelo radiante y una serie de rejillas externas para la ventilación.
Estos modelos caracterizados por su ligereza y transparencia, con grandes luces, facilidad constructiva y economía de recursos; se han extendido rápidamente por los jardines botánicos de toda Europa y, posteriormente, en las Exposiciones Universales. A mediados del Siglo XIX, la velocidad de desarrollo de los invernaderos siguió incrementándose hasta arribar en 1851 a una de las obras más emblemáticas del período, el Crystal Palace construido por Joseph Paxton para la Exposición Universal de París. Un edificio que evidencia una lógica constructiva basada en la prefabricación y el montaje, la neutralidad de la transparencia por sobre la monumentalidad característica de la academia. Un invernadero a gran escala, mas a modo de contenedor de personas, mercancías y otras arquitecturas, delimitado por una estructura liviana de acero recubierta por una piel de láminas moduladas de vidrio. De este modo, este proceso de descontextualización implicó la pérdida de la condición de arquitectura parlante de los invernaderos y aquella lógica basada en la eficiencia energética.
Este avance de la ciencia y la técnica ha dejado anacrónica aquellas convicciones de la arquitectura clásica, expresadas del siguiente modo por Eduardo Prieto “la tradición clásica, inspirada en lo esencial en Hipócrates, había dividido la Tierra en tierras templadas, frías y cálidas, de las cuales sólo las primeras se creían aptas para la vida civilizada. Se creía además que los climas definían la constitución física y el carácter de sus habitantes. Este determinismo climático se aplicaba también a una escala menor, por cuanto dentro de las propias zonas templadas se creía había unas más favorables que otras (…)” (Prieto, E., 2017).
Por ende, la utopía del clima artificial ha encontrado en el invernadero una tipología adecuada para llevar a cabo la modificación de los ambientes naturales a través de la implementación de la técnica humana. Sin embargo, conforme su uso se extendió y comenzó a aplicarse en los imponentes pabellones de las exposiciones universales, los invernaderos se volvieron pseudomorfos, puesto que su razón climática inicial perdió vigencia y sólo se trataban de recursos formales alcanzados mediante la utilización de acero y vidrio.
Asimismo, durante la posmodernidad se erigieron una serie de edificios pseudomorfos que apelaban a los mismos criterios puramente estéticos, como ha sido el caso de la Iglesia de Garden Grove de Philip Johnson en 1980, el Palacio de Convenciones de Nueva York en 1986 y la pirámide de vidrio del Louvre en 1989 del arquitecto Pei. Sin embargo, es preciso destacar que otras intervenciones de la época han logrado mantener los vínculos entre la forma y la función energética de los invernaderos originales, como en la obra de Buckminster Fuller, cuyas cúpulas geodésicas guardaan una afinidad real entre energía y geometría.
Por otra parte, el empleo del vidrio hacia finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX, fue adquiriendo connotaciones propias de la modernidad: la transparencia, ligereza visual y fluidez espacial. Los primeros proyectos se evidenciaron en la Exposición de la Deutsche Werkbund en 1914 donde, por un lado, la Fábrica Experimental de Gropius y Meyer manifestaba un lenguaje industrial con un muro cortina continuo e independiente de la estructura, y por otro lado, Bruno Taut exacerbó la componente moral y metafísica del material, reflejando la filosofía de Paul Scheerbart en su Pabellón de Cristal.
A su vez, algunas viviendas modernas han incorporado al invernadero en sus composiciones no sólo por razones estéticas sino recuperando su condición funcional original, como la Casa Citrohan de Le Corbusier en 1927 que incorporó un cerramiento con doble vidriado y una cámara de aire intermedia de 50 cm que funcionaba como un invernadero; y la Wachsende Haus de Wagner en 1932, conformada por una piel de vidrio inclinado que optimizaba la captación solar, siguiendo los diagramas iniciales de Loudon.
Mientras tanto, en Estados Unidos se iniciaron estudios científicos sobre las casas solares en el MIT, dando origen a las Solar House I, II, III y IV entre 1939 y 1950, a modo de reinterpretación de las antiguas teorías que Loudon había desarrollado durante el Siglo XVIII. Éstas y las subsiguientes casas solares norteamericanas abrieron el debate sobre cómo es posible integrar una tradición tipológica – invernaderos – con los nuevos avances tecnológicos que aportaban los medios activos para la captación solar y producción de calor.
Posteriormente, con la crisis de 1973 el ahorro energético y las casas solares cobraron mayor preponderancia en los Estados Unidos, mas en Europa se siguió evidenciando cierta resistencia ante el abandono del esquema estético del invernadero, olvidándose reiteradamente su función bioclimática.
En consecuencia, conforme transcurre la historia, hemos visto cómo aquellos invernaderos de fines del Siglo XVIII han ido sufriendo trasformaciones y cómo, en ciertos casos se han perdido sus prestaciones climáticas en manos de una elección de la técnica basada únicamente en la estética, mientras que en otras ocasiones lo técnico y lo ideológico se han interrelacionado para afrontar las problemáticas climáticas en la arquitectura.
Invernaderos en la obra de Lacaton & Vassal
Si bien, como se ha explicado precedentemente, es posible identificar una serie de edificios pseudomorfos solares, que han dejado de lado las prestaciones climáticas de los invernaderos para abocarse únicamente a sus cualidades estéticas; en la obra de Lacaton & Vassal es posible identificar un tratamiento consciente respecto a esta tipología arquitectónica.
Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal se conocieron durante su formación como arquitectos en la década del ’70. Una vez graduados, mientras Vassal se trasladó a Níger en África, donde además de llevar a cabo proyectos urbanos, tomó contacto con una cultura diferente; Lacaton comenzó su Maestría en Planificación Urbana de la Universidad Bordeaux Montaigne, y se mantuvo en contacto con Vassal mediante viajes frecuentes a Níger.
En su libro Historia medioambiental de la arquitectura, Eduardo Prieto expone que “el devenir humano no puede explicarse sin atender a las relaciones que las civilizaciones y culturas han mantenido con su entorno, ya sea para adaptarse a él o para ahormarlo a su imagen y semejanza” (Prieto, E., 2019). En este sentido, durante su estadía en África, los arquitectos franceses tomaron conocimiento de cómo, en estas localidades humildes y distantes, la belleza arquitectónica estriba en el aprovechamiento de los recursos disponibles, las potencialidades de la naturaleza y el respeto por las preexistencias.
En 1987 establecieron en París el estudio Lacaton & Vassal, con una trayectoria actual de más de 30 años, basada en los ideales de justicia social, sostenibilidad, reciclaje y economía de recursos; dando por resultado una arquitectura ligera y versátil. Según Ilka & Andreas Ruby “Lacaton & Vassal liberan al material de cualquier función narrativa y, en su lugar, lo someten a una lógica de usos. No se preguntan por el significado del material sino por sus posibilidades, de forma que el material se elige de acuerdo con sus características específicas” (Ruby, Ilka & Andreas, 2007).
Por tales motivos, estos arquitectos adoptan la tipología del invernadero en sus proyectos, pues existe en ellos una convicción sobre el potencial de adaptación que poseen estas construcciones simples, técnica y climáticamente eficaces. De este modo, la apropiación del invernadero no implica simplemente un edificio pseudomorfo, ya que su desplazamiento hacia la vivienda se origina tanto en su estructura como producto industrializado, y en su vínculo con el lugar que motiva la intervención.
Por tanto, la forma, la funcionalidad y la tecnología de los invernaderos son asumidas y reinterpretadas en pos del proyecto. Sus obras recuperan la condición original de esta tipología junto a un funcionamiento coherente, “el invernadero es trasladado, así, de un campo semántico a otro, pero se respeta su anatomía, su integridad de objeto” (Prieto, E., 2017).
Podría decirse que Lacaton & Vassal han encontrado en el invernadero un dispositivo eficiente desde un punto de vista climático e idóneo económicamente. Al establecer una relación activa con el contexto, que emplea el potencial de lo existente y lo conjuga con materiales de bajo costo, logran ejecutar en poco tiempo obras que se adaptan a escenarios diversos, dando respuesta a programas residenciales y culturales, favoreciendo la flexibilidad y apropiación por parte de los usuarios al promover la realización de actividades no predeterminadas por los proyectistas.
Desde un punto de vista regional, los arquitectos franceses consideran al clima como un elemento más de la composición, evidenciándose nuevamente la influencia que África ejerció sobre su práctica. Puesto que los invernaderos funcionan como una cámara térmica, mediante estructuras y cerramientos móviles, ligeros y transparentes, los usuarios pueden crear su propio clima interior, según sus necesidades y preferencias.
Siendo que gran parte de los proyectos de este estudio se encuentran en la zona más occidental de Francia, su clima oceánico-continental implica inviernos muy fríos y veranos cálidos. Al utilizar los invernaderos es como si los espacios adoptasen un ropaje externo y flexible frente al clima local, capaz de interactuar con las personas y proporcionar mejores condiciones para el bienestar humano.
Por tales motivos, es factible vincular su arquitectura con aquella aproximación al ambiente más sensualista que propone Ábalos: “interpretar somáticamente la concepción termodinámica de la arquitectura, como experiencia física que transforma al sujeto en protagonista de la arquitectura (…). En esta concepción, la experiencia háptica, la construcción sensorial del ambiente y ya no el objeto como hecho material concluso, asume el protagonismo de la actividad proyectual” (Ábalos, I., 2010).
Por otro lado, desde un punto de vista material, Lacaton & Vassal manifiestan una preferencia tanto por las preexistencias con potencial para ser reutilizadas – evitando, siempre que se posible, las demoliciones – como por los materiales industriales y prefabricados que proporcionan ligereza, versatilidad y economía.
Sus estructuras son materializadas con elementos portantes de acero u hormigón, intentando que sean permeables a los rayos solares, livianos, y fácilmente adaptables a nuevos requerimientos futuros. Asimismo, en muchos proyectos los cerramientos opacos consisten en chapas de fibrocemento y aluminio, puesto que son baratos y eficientes; mientras que la transparencia es alcanzada por medio de cerramientos exteriores de paneles de policarbonato – en el caso de obras de escala reducida -, o ETFE un polímero termoplástico transparente de alta durabilidad – en aquellos proyectos de mayor escala y requerimientos de conservación -.
En cuanto a la incorporación del invernadero en sus proyectos, es posible detectar tres adaptaciones tipológicas: (1) invernaderos adosados al espacio acondicionado, (2) invernaderos envolviendo por completo al espacio acondicionado, (3) invernaderos a modo de galerías adosadas.
En primer lugar, el invernadero adosado al espacio acondicionado ha sido implementado tanto en proyectos de viviendas unifamiliares como en torres residenciales. Es posible identificar dos zonas climáticas: el espacio habitado convencional e interior, y un espacio extra delimitado por una fachada móvil y traslúcida. Esta última área podrá ser considerada como intermedia entre el interior y el exterior cuando se encuentre completamente cerrada; o como un espacio exterior, a modo de balcón, cuando los cerramientos se encuentren abiertos. De esta manera, dicho sector anexado brindará mayor espacio a las unidades y podrá ser utilizado para el despliegue de actividades que no fueron predefinidas.
En segundo lugar, los invernaderos que envuelven los espacios acondicionados, consisten en dos sistemas: en el caso del uso residencial, es un volumen que envuelve la totalidad del espacio interior, generando espacios intermedios que pueden controlarse climáticamente en función de las condiciones exteriores; mientras que el caso de edificios públicos son volúmenes que se utilizan directamente para albergar actividades en su interior, siendo el invernadero el propio edificio.
En tercer lugar, un sistema menos recurrente pero utilizado en ciertos edificios de carácter público, son los invernaderos a modo de galería. Estas galerías sobre las fachadas se diseñan según criterios bioclimáticos, junto a plantas trepadoras y abundante flora, que permite amortiguar el aire exterior que penetra a los espacios acondicionados.
De esta manera, comprender las características locales en donde se implantan estos proyectos, las cualidades materiales seleccionadas, las variantes válidas para la aplicación de los invernaderos y sus posibilidades de funcionamiento energético; nos permite tomar conocimiento de cómo una tipología puede ser retomada y adaptada a nuevas demandas, mas sin dejar de lado la esencia que le dio origen; reflejando la importancia de lo ligero por sobre lo pesado y lo dinámico por sobre lo estático, es decir, aquellos ideales claves para este estudio de arquitectura.
“En todos los casos, las estrategias de manipulación apuntan a una especie de reciclaje tipológico. Recuerdan también al collage, pero también al bricolaje, en la medida en que no implican tanto un pensamiento creativo, ingenieril y consistente con una lógica medios-fines cuanto un reúso pragmático de materiales disponibles para resolver nuevos problemas” (Prieto, E., 2017).
Caso de estudio. Transformación de 530 viviendas en Grand Parc Bordeaux (2017).
En el sector Cité du Grand Parc, en la ciudad de Burdeos, Francia, se emplazan los edificios de viviendas sociales I, H, G; cuya construcción data de la década del ’60, momento en que la crisis de vivienda posterior a las II Guerra Mundial propició la construcción de este tipo de equipamientos urbanos a gran escala.
Dichas edificaciones cuentan con entre diez y quince niveles, abarcando un total de 4000 unidades, mas en los últimos años sus condiciones de habitabilidad no eran idóneas. Por tal motivo, considerando su ubicación privilegiada y la magnitud de estas construcciones, el Estado decidió recuperar 530 viviendas, aportando así un valor agregado al barrio y a sus habitantes.
En este sentido, Lacaton & Vassal junto a los arquitectos Hutin y Druot, emprendieron un proceso de restauración y revalorización basado en la protección de las características del proyecto original, evitando las demoliciones, y adicionando al conjunto una serie de jardines de invierno sobre las fachadas principales.
De este modo, los arquitectos franceses se han mantenido fieles a sus ideales de dotar a las construcciones de una plusvalía del espacio, mediante la ampliación del espacio útil de las viviendas, el aprovechamiento de las condiciones de iluminación natural, las orientaciones y las visuales. Asimismo, la recuperación de las estructuras originales, implica llevar a la práctica su convicción de que la arquitectura no surge desde cero sino que siempre existen elementos anteriores sobre los que apoyarse, con el fin de mejorar las cualidades ambientales, económicas y sostenibles de sus intervenciones.
Un aspecto a destacar es que las transformaciones no requirieron que las familias se mudaran durante el proceso de ejecución. Esto fue posible ya que las intervenciones internas sólo consistieron en una mejora de los acabados interiores, mantenimiento de las instalaciones, reemplazo de los ascensores por equipos más grandes y eficientes, apertura del acceso y recualificación de los jardines de la planta baja. Por su parte, las ampliaciones externas radicaron en la incorporación de una superficie de 3.80 metros de profundidad sobre las fachadas longitudinales. La estructura de las mismas consistió en el montaje in situ de módulos prefabricados de hormigón, tanto para las losas como para las columnas; mientras que las transformaciones sobre los cerramientos consistieron en el reemplazo de las ventanas originales por aberturas que permitan un mayor contacto con el exterior.
Dichos cerramientos se conforman por: (1) una superficie interna y en contacto con el espacio acondicionado, delimitada por aberturas de aluminio, doble vidriado hermético y cortinas térmicas; y (2) una superficie externa, materializada por una fachada liviana de paneles de policarbonato corrugado transparente y vidrios en marco de aluminio, equipados con cortinas solares reflectantes.
Por consiguiente, esta extensión del área habitable ha sido concebida a modo de invernadero adosado al espacio acondicionado. Como se ha explicado en el apartado anterior, este sistema implica la adición de una nueva zona, cuyo uso estará determinado por los propios usuarios, en donde las percepciones y sensaciones humanas serán protagonistas. A su vez, este invernadero delimitado por cerramientos móviles refleja su condición de flexibilidad; pudiendo ser en épocas invernales un espacio intermedio que eleva ligeramente la temperatura interior, mientras que en verano la apertura de los elementos corredizos de la fachada promueve la ventilación natural y reducen la temperatura de los ambientes.
Retornando momentáneamente hacia los orígenes de la humanidad, es evidente que el fuego ha sido un elemento fundacional para las sociedades, ya que el calor de las llamas reunía a los hombres, induciéndolos al empleo de un lenguaje común, y a la creación de un refugio. Por ende, el vínculo original entre el fuego y la arquitectura tubo una doble dimensión: simbólica y funcional. Sin embargo, conforme transcurrió la historia, se han ido desarrollando avances tecnológicos que han posibilitado la producción de energía calórica sin necesidad de recurrir al fuego o a la energía solar; el fuego fue perdiendo sus contenidos rituales, junto a aquel espacio central que representaba el hogar para la arquitectura, siendo desplazado y encapsulado dentro de estufas o sistemas de acondicionamiento. En consecuencia, «la progresiva erosión del valor simbólico del fuego, corre paralela a su multiplicación cuantitativa» (Fernández Galiano, L., 1991).
En este sentido, cabe mencionar que una de las tipologías en la que se advierte con mayor nitidez este modo de reclusión del fuego hacia un papel secundario, corresponde a los invernaderos: «los braseros con ruedas de las orangeries y las estufas cerámicas de los primeros invernaderos fueron sustituidos pronto por las estufas de hierro de combustión lenta, prácticamente generalizadas a fines del Siglo XVII. Sin embargo, la desigual distribución de la temperatura y la ocasional emisión de gases nocivos para las plantas aconsejaron pronto el traslado de la fuente de calor fuera del recinto (…). El fuego era desterrado al sótano, y su calor se transmitía a través de las cañerías de agua caliente que, ocultas en el perímetro del invernadero, lo repartían homogéneamente en el espacio vegetal» (Fernández Galiano, L., 1991).
A su vez, un proceso similar se produjo en torno a uno de los elementos naturales más básicos y relevantes para la vida humana, puesto que el sol comenzó a ser embotellado dentro de construcciones de cristal, con el objetivo de mejorar la eficiencia térmica de los ambientes, sin importar aquella presencia simbólica original.
Es evidente que el proceso de homogeneización visual asociado con la modernidad posee un correlato paralelo con los procesos de homogeneización térmica; razón por la cual «el espacio uniforme y repetible de nuestros días, lo es tanto material como energéticamente» (Fernández Galiano, L., 1991).
Sin embargo, en la arquitectura contemporánea existen algunos casos que intentan remediar esta separación entre materia y energía, entre arquitectura y fuego. En este sentido, el estudio Lacaton & Vassal trasciende las formas tradicionales en busca de nuevas posibilidades estéticas para los espacios, relacionándolos con la luz natural, el aire y la energía.
En el proyecto para la transformación de 530 viviendas en Grand Parc Bordeaux, Lacaton & Vassal adoptan la tipología del invernadero ya que lo consideran óptimo en su construcción, eficiente energéticamente, económico en su costo, y flexible en su organización espacial. Las estrategias de manipulación tipológica empleadas hacen que éstos se trasladen de un campo semántico a otro, mas respetando su anatomía e integridad de objeto.
Los invernaderos no son considerados simples pseudomorfos, sino que recuperan la condición funcional inicial. Se incorporan adosados a las viviendas, y el sistema de envolventes le otorga flexibilidad en cuanto al acondicionamiento del espacio habitable; dando una respuesta eficiente al clima oceánico-continental de Burdeos, permitiendo su apertura en verano y su total cerramiento en invierno.
De este modo, no solo recuperan y rehabilitan las construcciones preexistentes, sino que la utilización de materiales económicos junto a la facilidad de montaje propia de los invernaderos, le han posibilitado emplear dicho presupuesto restante para extender la superficie habitable de las unidades y permitir la participación de los usuarios mediante la apropiación de estos espacios en base a sus necesidades. A su vez, la transformación del aspecto externo de estas antiguas construcciones ha mejorado la imagen urbana del barrio, mejorando sus cualidades paisajísticas y promoviendo nuevas inversiones.
Según palabras de Eduardo Prieto, “la energía es un concepto que tiene múltiples acepciones y es esta riqueza la que permite considerarla como un término mediador”. Por tanto, en la obra de los arquitectos franceses es posible observar cómo el empleo consciente de la energía la convierte en un elemento mediador entre el polo estético-material y el polo técnico-funcional; es decir, entre aquellas dimensiones inseparables que constituyen los aspectos visibles e invisibles de la arquitectura.

