PERSPECTIVAS
4 JULIO 2025
Notas para quien aún cree que habitar puede ser un acto de ternura
por Rodrigo Agostini
“No hay que correr tras las palabras.
Hay que esperarlas, como a un animal salvaje.
Si son verdaderas, regresan solas.”
(Fragmento encontrado entre papeles olvidados)
Umbral
No sé tu nombre. No sé si ya haces garabatos o si apenas estás soñando con hacerlo.
Pero sí sé que, si estás leyendo esto, algo te trajo hasta aquí:
una pregunta que no se cierra, un desvelo, o tal vez el deseo – todavía tibio – de que el
habitar, como verbo, todavía importe.
En estos años, he visto muchos muros levantarse.
He visto ciudades crecer sin alma, y discursos ensancharse sin escuchar.
Pero también – aunque menos seguido – he visto a alguien detenerse.
He visto un estudiante en silencio frente a un vacante urbana.
He visto una mano temblar antes de trazar una línea que sabrá, luego, transformarse en vida.
He visto ternura en los gestos más pequeños: el detalle de una rampa pensada sin que nadie lo pida.
Una ventana abierta a la luz de otro.
Y en esos momentos, vuelvo a creer.
No en la arquitectura como conjunto de soluciones. Sino como una forma de preguntarse.
No en el arquitecto como técnico, ni como artista, sino como persona capaz de cuidar lo que aún no existe.
Estas notas no son un manual.
No pretenden enseñar. Tal vez acompañar.
Son fragmentos, pensamientos recogidos entre aulas, croquis y silencios.
Como quien junta piedras para cruzar un río sin saber aún cuán hondo es.
Sobre la vocación
No te apures a llamarte arquitecto.
No porque no lo seas, sino porque la vocación no es un nombre, es un movimiento interior.
Ser arquitecto no empieza con el título ni termina con una obra construida.
Comienza cuando uno siente que la forma puede ser una respuesta, pero también una pregunta.
Cuando entiende que proyectar no es imponer, sino escuchar con la mirada.
La vocación no es un destino. Es una búsqueda.
Y es mejor que no llegue nunca del todo, porque eso mantiene viva la inquietud.
Lo peor que podría pasarte es convertirte en alguien seguro de todo lo que dice.
No confíes en los que hablan como si la ciudad ya estuviera resuelta.
Sobre la formación
Te lo dirán mil veces: que el oficio se aprende con práctica.
Y es cierto. Pero no es toda la verdad.
No alcanza con saber proyectar si no aprendés a mirar.
No sirve manejar programas si no sabés leer los rostros de quienes van a habitar lo que diseñás.
No alcanza con tener razón si no aprendés a dudar.
La buena arquitectura nace de una formación que no se rinde a la técnica.
Una que sabe que hay una ética en cada decisión constructiva.
Y que el plano no es la antesala del edificio, sino de una vida que se va a desplegar en él.
En tus años de formación, defendé tu intuición. Pero también afiná tu escucha.
Y buscá siempre esa pregunta que nadie está haciendo.
Tal vez allí se esconda el verdadero proyecto.
Sobre el silencio
En arquitectura, el silencio es material.
El silencio del espacio vacío.
El silencio de una plaza sin nombre que espera ser mirada.
El silencio de una pregunta no dicha porque aún no es tiempo.
Aprendé a no responder enseguida.
Aprendé a sostener la incomodidad de no saber qué hacer.
Porque muchas veces el mejor trazo no surge del dominio, sino del temblor.
Y también – y sobre todo – aprendé a callar cuando el otro necesita decir.
A veces, el habitar comienza cuando alguien por fin se anima a hablar.
Y entonces, vos, que proyectás, tenés que hacer lugar.
Sobre el otro
Nunca diseñes pensando solo en vos.
La arquitectura no es una firma, es un puente invisible entre cuerpos.
El otro no es un cliente. No es un dato. No es una estadística.
El otro es esa persona que va a sentir frío si no pensás bien una orientación.
Es esa mujer que va a encontrar resguardo en un umbral.
Es ese niño que va a jugar en el suelo que dibujaste sin saberlo.
Si en cada proyecto no hay un gesto de cuidado, no es arquitectura: es ornamento.
Y si alguna vez te sentís perdido, pensá esto:
¿cómo cuidaría este lugar si lo habitara alguien que amo?
Ahí vas a encontrar una respuesta más profunda que cualquier norma.
Sobre la palabra
Te dirán que dibujes, que proyectes, que calcules.
Y está bien. Pero no olvides escribir.
Escribir – aunque no publiques, aunque no muestres – te va a enseñar a pensar lo que aún no sabés.
La palabra es parte de la arquitectura, como el silencio lo es del espacio.
Y a veces, en una bitácora nocturna, vas a encontrar respuestas que ningún programa puede darte.
No escribas solo para ser leído.
Escribí para entender lo que estás sintiendo.
Para darte voz.
Para no olvidar que, aunque no lo veas aún, hay otros también intentando habitar con ternura este mundo tan duro.
Despedida (por ahora)
Si llegaste hasta acá, gracias.
No te conozco, pero me gustaría que estas palabras puedan acompañarte alguna vez.
No como dogma, sino como rastro.
No como enseñanza, sino como ofrenda.
Y si alguna vez te encontrás en medio de un proyecto que te asfixia, de una ciudad que no te escucha, de un aula donde nadie se detiene…
Recordá esto:
La ternura también construye.
Y a veces, es la única arquitectura que queda en pie cuando todo lo demás se cae.

